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UNA DOLENCIA OCASIONAL

Don Jesús María Callejas, o don Suso, como lo llama todo el mundo, está mezclado en los aconteceres de este pueblo desde hace muchos años. Puede distinguirse por su porte magro; es posible encontrarlo fácilmente, desde por la mañana, porque todos los días entra de los primeros a la misa de seis y, cómo se sienta en la última banca, también sale adelante. Además, los sitios que frecuenta habitualmente son los más conocidos del pueblo.  

         Don Suso es aquel señor alto, delgado, carilargo, habitualmente de sombrero aguadeño; con una disimulada cojera en el pie derecho; muy parecido a todos esos hermanos Callejas que son muy negociantes, muy buenas personas y que han sido de este pueblo toda la vida. Él ha vivido mucho tiempo en la calle de las Mediaguas, en esa casa de dos pisos que, comentan, sirvió durante el tiempo de la presidencia de Mosquera para las reuniones de los masones recalcitrantes y que después vivió en ella, hasta que abandonó el pueblo, don Paul Harry que era Maestro Perfecto. Allí ha vivido don Suso, desde cuando casó con Carmelita Pérez hace cincuenta y siete años. Ella, es la familiar de aquellos Pérez platudos de Espíritu Santo, que siempre han sido lecheros y afamados por ser muy honestos en sus negocios. Este Susito, de quien hablo, cayó a la cama esta mañana, parece que con una dolencia de alguna gravedad.

         De don Jesús María, han transcurrido hasta ahora noventa y dos años de su trajinar por este mundo; durante ellos, gracias a su buena vida, solo padeció gripones ocasionales que ni lo encamaban siquiera, resistió a todas las pestes de las temporadas y salió bien librado. Ah, pero, eso sí, tuvo una incapacidad de dos meses, por allá cuando muchacho, por la extracción de cinco piezas molares a que lo sometió Cecilio Estrada (el dentista de errancia en el pueblo por temporadas), de una sentada en el café de don Agenello y que casi lo arrastran para la otra vida por las hemorragias que le sobrevinieron. Padecía fuertes dolores por las muelas cariadas y con esa limpieza de la boca fue suficiente para acabar definitivamente con los malestares. En forma parecida remató con el resto de las piezas naturales hasta que, el mismo don Cecilio, le acondicionó dos cajas de dientes cerreras, algo silbadoras, que tuvo que amansar por algún tiempo con dolores e impaciencias que fueron temporales.

      Ayer, por la mañana, cuando salía a dar vuelta, como todos los días, a unas novillonas que tiene en la manga de don Isaías, les dijo a los de la casa que se sentía muy pesado, que estaba sin un aliento. Regresó pronto y, cosa rara en él, buscó la cama que todavía estaba sin tender y no tuvo fuerzas para levantarse durante todo el día.

      La preocupación se propagó entre Carmelita, su mujer, los hijos y los familiares más afectos. Llamaron al doctor Ramírez, viejo amigo del enfermo y que, entre ellos, eran tertuliantes frecuentes. El médico, llegó a la casa como al medio día.  Carmelita, sumida en los nervios, tuvo pocas palabras para detallar las dolencias de Susito. Solo alcanzó a resumirle al médico los días previos que habían sido con salud normal. Ahora, el enfermo estaba en medio de un sueño intranquilo. El médico entró a mirarlo y prefirió esperar un rato afuera de la alcoba; mientras tanto, aceptó un café que le fue ofrecido y, además palabreado por Diocelina, la hija menor de Susito.

       Transcurrió un buen rato. Cuando don Suso despertó, supo que el médico lo esperaba para examinarlo. Antes de que hicieran entrar al galeno, le dijo a Carmelita que velaba a su lado (balbuceando él con algún desagrado), “no era necesario haber empezado a tocar plegarias desde tan temprano, yo me puedo reponer durante el día”.

        ―Hola, Suso María, recordá que te conozco desde hace más de cincuenta años y es la única vez que te veo enfermo, es la primera vez que voy a tener el gusto de   tratarte, amigo querido ―Dijo el médico, en tono alegre tratando de mejorarle el ánimo al paciente, al entrar espontáneamente cuando le dijeron que había despertado―.   Vamos a ver qué te ha sucedido; hasta será algo leve, pero ya es hora de gastarle tiempo a la salud, amigo querido, para no perder la calidad de la vida.

        ―Muchas gracias, doctor, muchas gracias por venir; hombre, uste ha sido muy noble con nosotros cuando enfermamos. Pueda ser que éste no sea el primer aviso de la proximidad de mi última hora, esa será la que acabe con los encuentros frecuentes que disfrutamos y que nos hacen tanta falta. Toda la mañana estuve soñando con muchos sucesos de la vida, hacía mucho tiempo que no divagaba con eso. Cómo le parece que volví a los años de la infancia, con todos los detalles, todavía vivíamos en el campo y disfrutábamos de la vida sencilla. Pero no voy a gastar su tiempo hablándole de estas naderías, después le cuento todos los detalles, doctor. Estoy listo para su examen.

     ― A ver, hombre, Susín (así te saluda Baldomero Alzate, cuando llega a las tertulias, o a casar contigo los chicos de billar), vamos a darte una examinadita de rutina, será corta. Como no estás acostumbrado a estos trotes, no te vayas a impacientar, saldremos rápido de esto. Bueno, hombre, contame con todos los detalles, ¿qué fue lo te sucedió esta mañana?

     –Vea doctor, yo me levanté esta mañana como aburrido, no tuve alientos de desayunar, con un dolor en toda la caja del cuerpo, con ganas de vomitar, un dolorcito de cabeza continuo, las vistas como empañadas y un zumbido por las orejas, como mariao, sin ganas de hacer nada, dolor en las rodillas y las corvas como desgonzadas; me sentía sin un aliento, fui a darle vuelta a las terneras y cuál me vi para volver, tuve que descansar tres veces subiendo estas escalas, casi que no soy capaz de arrimar otra vez a esta casa. Me acosté, ya estaba sudando frío. No sé si tenía fiebre. Me dormí y empecé los sueños alocados que le decía ahora. Uno se asusta; como yo he sido tan aliviado, cualquier cosita es preocupante.

     –¿Pasaste mala noche? –Preguntó el doctor.       

     –No, doctor, ni tan mala, dormí normalmente. Igual que todos los días; a esta edad, la calidad del sueño no es la misma de antes. Cualquier cosita lo preocupa a uno, cualquier suceso le interrumpe a uno las ganas de dormir. Además, dormido, uno se pasa la noche trayendo en sueños muchos acontecimientos de la vida, o armando otros con toda clase de detalles, casi todos muy gratos, eso sí, que lo devuelven a uno en el tiempo y lo hacen añorar épocas muy agradables. Y los sueños trágicos, más escasos, lo reconcilian con las ganas de vivir que a veces despreciamos. Nos hacen recapacitar sobre la belleza de la vida y uno se aferra más a ella. Esa es una condición que le aplican a uno los años. Es que los años de la escuela, por ejemplo, permanecen grabados a pesar del tiempo. Reaparecen los maestros, los compañeros, toda esa vida fácil y sin compromisos. Eran épocas con muchas dificultades de plata, no contábamos con las comodidades del día de hoy y era un sacrificio la ida a la escuela por las caminadas tan grandes que debíamos hacer.

     –Perdóname, hombre Susín, yo siempre he observado que has tenido una memoria muy feliz. Siempre perseveran en ti las anécdotas desde la infancia, la juventud y los tiempos de la mayor edad. Recuerdas detalles que muchas veces olvidamos. Vamos a tu examen para descartar cualquier afección de cuidado. Déjame probar tus signos vitales.

     El médico, procedió a la realización de los exámenes preliminares. Primero, usó el estetoscopio y le hizo auscultaciones perseverantes del sistema cardíaco, buscando latidos, frecuencia e intensidad. Fue prolijo en todos los detalles y no dejó dudas por verificar. Luego investigó los pulmones e hizo todos los ensayos de su respiración y chequeó los ruidos del estómago. Lo notó impaciente e intranquilo y lo llamó a estar sereno. Le tomó la presión en ambos brazos, exagerando todos los detalles. Por último, le midió la saturación. Cumplidos todos los pasos, dejó los instrumentos regados sobre el nochero, miró fijamente a don Suso y riéndose le dijo;

     –Hombre, Suso, de este examen lo único que me preocupa es que todavía no vas a poder darte un descanso definitivo. Yo creo que estás en condiciones suficientes para asumir otros años de trabajo. Todos los sistemas que alcanzo a chequear están en condiciones aceptables. Tanto es así, que me parece que no debes rebajar tus labores habituales. Lo que si te propongo es someterte a algunos exámenes que nos saquen de todas las dudas. Con la fórmula te voy a dejar la lista. Lo que te puede haber sucedido esta mañana es un bajón súbito de la presión o rebote bilioso por algo que hayas consumido o por una crisis nerviosa pasajera, En fin, puede que con los resultados del laboratorio podamos comprobar algunas cosas. Mientras tanto, Chuchin, continúa con tu ritmo de vida. Todavía puedes ofrecernos muchas de esas otras crónicas habladas que aún te faltan por contarnos. Vas a estar muy bien.        

Te seguiré esperando por las tardes para continuar con nuestras charlas.

Javier Gil Bolívar noviembre 16 y 2025.

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Publicado enCuentos