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EL CAFÉ MEDELLÍN

En algunos de nuestros pueblos existieron, cuando no absorbían el tiempo los programas de la radio o la televisión y tampoco los teléfonos celulares ni las distracciones electrónicas, existieron, digo, algunos lugares que hicieron perennidad en las recordaciones  de quienes disfrutaron en ellos de horas inolvidables –especialmente los de la gente joven–; horas que después reclamaron su puesto en la memoria, donde hicieron perdurabilidad en sus recuerdos hasta cuando los acompañó la vida, protegidos siempre contra los borrones del tiempo por el sentimiento inmenso que dejan los primeros afectos.

En nuestro gran pueblo existió en las primeras décadas del siglo pasado el Café Medellín, parece que fue corta su existencia; ya son poquísimos los vivientes de aquella generación que conocieron y disfrutaron del ambiente de aquel establecimiento que desapareció dejando una huella intrascendente para los de la generación siguiente que no conocimos tal café y que sólo recibimos los comentarios ligeros de segundas manos por quienes tuvieron parientes o amistades sabedores del tema. Ante esos relatos pocos e insípidos nos obligamos a recurrir a la imaginación para adobar aquellas crónicas e intentar disponer algunas ideas para la recordación del lugar que parece estuvo enquistado en aquellas juventudes, y del cual quedaron recuerdos inconmovibles en alguna cantidad de los contemporáneos de aquel tiempo ya arropado por el centenario de los años.

El Café Medellín estuvo establecido en la curva que empieza arriba del puente sobre el Nechí por donde fue el camino y después la carretera para llegar al pueblo. Más claro: después de pasar el puente sobre el Río Nechí, algunos metros más arriba empezaba la curva con tendencia hacia la izquierda que luego cambiaba hacia la derecha y volvía otra vez hacia arriba para pasar por abajo del noviciado del Seminario de Misiones. Al terminar esta curva subiendo y a la derecha, y para obviarla, había la entrada a un atajo que salía al puente sobre el río y era utilizado con frecuencia al bajar a jugar partidos de futbol en la cancha del seminario, lo utilizamos muchas veces.

En esa curva, subiendo a la derecha, quedaba el Café Medellín. Por esos lados también estuvo plantado aquel saucecito llorón que no dejó morir sus ramas sin alentar la inspiración de quienes lo conocieron y hasta disfrutaron de su sombra en las tardes alcahuetas que inspiraron las palabras para armar una canción que lo inmortalizaría y que, cuando la oían, pasados los años, volvía a encender las astillas que conservan el calor de los recuerdos nacidos en los afectos.  Es bueno insistir que en esa época transitaban por un camino que era la vía principal de la comunicación; por ende, el transporte se hacía en bestias o en bueyes.

La diversión de los filipichines del tiempo de que hablamos era salir a dar un vueltón por el pueblo, en el caballo de la casa, para pasar por la calle donde vivía la mujer de sus ensueños, primero para enamorarla y luego para visitarla asiduamente cuando cuajaban los noviazgos. Como hoy, cuando piensa el muchacho conquistar con el carro de gran marca y último modelo, así también se hacía por aquellos años exhibiendo al animal de gran pedigrí y excelentes cualidades. A eso se agregaba la presentación del jinete y la del animal que mostraba los mejores aperos.  

Las damas también hacían su demostración de chalanas en ejemplares hermosos (seguramente cabalgando al tres, en el galápago), porque por esos años no había ni intenciones de que las damas usaran los briches que antecedieron a los slaks, blue jeans o pantalones. Según cuentan, ellas aprendían a montar con tal elegancia que hacían relevantes las características de sus cuerpos y hacían hermosos conjuntos con los vestidos y los sombreros de colores vistosos y sobre los caballares ricamente enjaezados.  

Entonces, adosados a esa época, eran los encuentros en el Café Medellín. Es de imaginar a los más pudientes del gran pueblo reunidos en cabalgatas de amigos, por las tardes o en los fines de semana en el local sencillo del café a disfrutar del encuentro de las amistades ambientados por la música de los tiples, las guitarras, y los cantores que hubo en el pueblo quienes le daban al lugar escueto, semi campestre, iluminado solamente por las antorchas de petróleo, el ambiente propicio para la epifanía de los amores que trascendieron en el tiempo.

 El tema es halagüeño para desatar la imaginación y transitar por aquellos tiempos cuando los paisanos bajaban cantando hasta el Café Medellín con el disfrute de las lunas espléndidas que salían por el morro Azul a solemnizar el   celestinaje y que le daban al ambiente todo el saborcillo romántico de su luz y que a los cabalgantes les adicionaba el toque de las sombras que hacían relucir los rasgos de su elegancia; todo estaba agregado a la depurada distinción de quienes disfrutaban de las coqueterías recíprocas de los sexos. Además, les daban a las horas que antecedían a la media noche, las alegrías que derrochaba la gente joven con el estímulo de algunos anisados, hasta cuando las horas del  del día, ordenaban la inmediatez de los retornos para acatar las normas familiares, regresos llenos también de las canciones que le daban al camino el sabor de la esperanza por el encuentro siguiente. Mientras tanto, empezaban a disgregarse los que venían del café Medellín en las primeras calles del gran pueblo.

Javier Gil Bolivar septiembre 14 y 2025

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Publicado enCuentos